viernes, 11 de enero de 2019

Ribadelago - Una tragedia que no se olvida


Quince minutos de gritos y terror: la tragedia olvidada que tortura a un pueblo de Zamora

El 9 de enero de 1959 reventó la presa de Vega de Tera, en Sanabria. Arrasó el pueblo de Ribadelago y mató a 144 de sus 532 habitantes. Aún hoy, el suceso pesa como una maldición


"Las gentes que pueden abandonan sus hogares desnudas, semidesnudas y sin pertenencias; y aterrorizadas huyen de la muerte buscando el campanario, los tejados, las copas de los árboles y la altura de los peñascos que, por suerte, abundan por doquier en Ribadelago. En uno y otro barrio los supervivientes se desgañitan gritando a los demás que se salven; al tiempo que sienten cómo se derrumban o desaparecen tras de sí, o en torno suyo, viviendas y edificios. Son momentos críticos, angustiosos, en los que la desesperación humana se entremezcla con los espeluznantes bramidos y balidos de cientos de animales que permanecen atrapados en las cuadras sin ninguna salvación". Así narra José Antonio García Díez en su libro 'Tragedia de Vega de Tera' los 15 minutos más angustiosos que haya vivido un pueblo en España desde la Guerra Civil. En ese tiempo, un torrente de ocho millones de m³ de agua engulló la pequeña aldea de Ribadelago y se llevó pendiente abajo la vida de 144 personas. Todo comenzó con un estruendo enorme. Eran las 00:24 del 9 de enero de 1959. La presa de Vega de Tera, en la comarca de Sanabria (Zamora), acababa de reventar.

Tras la explosión, los habitantes de Ribadelago que todavía seguían despiertos empezaron a oír un murmullo que con el paso de los minutos se volvió más insistente. De pronto, las bombillas dejaron de funcionar y todo quedó a oscuras. Algunos pensaron que el siseo era fruto de las ráfagas de viento helado que llevaban todo el día azotando el pueblo. Pero salieron a la calle y los árboles no se movían. Otros sentían el suelo vibrar bajo sus pies, pero no tenían recuerdo jamás de un terremoto. "¡La presa se ha roto! ¡La presa se ha roto!", empezaron a gritar los vecinos cuando el agua se comenzó a acumular tras el puente sobre el río Tera. Durante cinco minutos, ejerció de tapón debido a los árboles y cascotes atrancados. Cinco minutos. Ese fue el tiempo que el destino concedió a los habitantes de Ribadelago para salvar sus vidas.

Cuando el puente finalmente cedió, el agua tomó las calles. Primero a la altura de los tobillos, luego hasta las rodillas, pronto a la altura de los tejados. Muchos ancianos se negaron a moverse, resignados, pues no tenían fuerzas para correr. Las madres agarraban a sus hijos y buscaban refugio en la enorme roca donde se elevaba el campanario. Otros muchos se quedaron en sus casas, paralizados por la furia del agua, incapaces de movilizar en apenas unos minutos a toda la familia. Los que tuvieron la suerte de vivir en las zonas elevadas, sobrevivieron. Los que no, fallecieron. Cinco metros de altura decidían si uno moría o vivía. Quienes quedaron atrapados en mitad de la calle se esfumaron para siempre. Casi todos los 144 fallecidos fueron arrastradosjunto a casas, árboles y ganado por la pendiente del río Tera hasta el lago de Sanabria, 500 metros más abajo. Allí yacen todavía 116 cadáveres, bajo el lodo, en el fondo del lago

"Las gentes que pueden abandonan sus hogares desnudas, semidesnudas y sin pertenencias; y aterrorizadas huyen de la muerte buscando el campanario, los tejados, las copas de los árboles y la altura de los peñascos que, por suerte, abundan por doquier en Ribadelago. En uno y otro barrio los supervivientes se desgañitan gritando a los demás que se salven; al tiempo que sienten cómo se derrumban o desaparecen tras de sí, o en torno suyo, viviendas y edificios. Son momentos críticos, angustiosos, en los que la desesperación humana se entremezcla con los espeluznantes bramidos y balidos de cientos de animales que permanecen atrapados en las cuadras sin ninguna salvación". Así narra José Antonio García Díez en su libro 'Tragedia de Vega de Tera' los 15 minutos más angustiosos que haya vivido un pueblo en España desde la Guerra Civil. En ese tiempo, un torrente de ocho millones de m³ de agua engulló la pequeña aldea de Ribadelago y se llevó pendiente abajo la vida de 144 personas. Todo comenzó con un estruendo enorme. Eran las 00:24 del 9 de enero de 1959. La presa de Vega de Tera, en la comarca de Sanabria (Zamora), acababa de reventar.


Tras la explosión, los habitantes de Ribadelago que todavía seguían despiertos empezaron a oír un murmullo que con el paso de los minutos se volvió más insistente. De pronto, las bombillas dejaron de funcionar y todo quedó a oscuras. Algunos pensaron que el siseo era fruto de las ráfagas de viento helado que llevaban todo el día azotando el pueblo. Pero salieron a la calle y los árboles no se movían. Otros sentían el suelo vibrar bajo sus pies, pero no tenían recuerdo jamás de un terremoto. "¡La presa se ha roto! ¡La presa se ha roto!", empezaron a gritar los vecinos cuando el agua se comenzó a acumular tras el puente sobre el río Tera. Durante cinco minutos, ejerció de tapón debido a los árboles y cascotes atrancados. Cinco minutos. Ese fue el tiempo que el destino concedió a los habitantes de Ribadelago para salvar sus vidas.

En el fondo del lago de Sanabria, bajo el lodo, aún yacen 116 cadáveres

Cuando el puente finalmente cedió, el agua tomó las calles. Primero a la altura de los tobillos, luego hasta las rodillas, pronto a la altura de los tejados. Muchos ancianos se negaron a moverse, resignados, pues no tenían fuerzas para correr. Las madres agarraban a sus hijos y buscaban refugio en la enorme roca donde se elevaba el campanario. Otros muchos se quedaron en sus casas, paralizados por la furia del agua, incapaces de movilizar en apenas unos minutos a toda la familia. Los que tuvieron la suerte de vivir en las zonas elevadas, sobrevivieron. Los que no, fallecieron. Cinco metros de altura decidían si uno moría o vivía. Quienes quedaron atrapados en mitad de la calle se esfumaron para siempre. Casi todos los 144 fallecidos fueron arrastradosjunto a casas, árboles y ganado por la pendiente del río Tera hasta el lago de Sanabria, 500 metros más abajo. Allí yacen todavía 116 cadáveres, bajo el lodo, en el fondo del lago.


"Cuando llegamos, nos encontramos un panorama desolador. Era el mes enero, el agua estaba helada. Hace 50 años no poseíamos los trajes que existen ahora, algunos incluso eran peligrosos", recordó años atrás el jefe del equipo de submarinistas enviado a rescatar cuerpos del lago, nada menos que el escritor, periodista y profesor de submarinismo Alberto Vázquez Figueroa. Lo narró, notablemente emocionado, en el documental 'Catástrofe de Ribadelago, 1959-2009'. "¿Cómo sacar eso cuerpos de ahí? Tanteando. No se veía ni a un metro. De pronto pasaba una trucha y nos daba un susto terrible. Tocábamos algo y podía ser un animal o un ser humano. Fueron la sensación más trágica y los momentos más trágicos de mi vida, a pesar de que luego he estado en siete u ocho guerras, terremotos… Veías los rostros de las familias cuando salíamos, esperando. No sacábamos nada o sacábamos algo irreconocible. Abajo había cables, carretas, y te enredabas con todo ello y corrías peligro de quedarte enredado. Era espeluznante".

60 años de tortura

"Nuestros hermanos resucitarán e irán al lugar que Jesús les ha reservado junto al Padre", dice el párroco de Ribadelago Nuevo, el poblado que fue construido junto a las ruinas para albergar a los supervivientes. Son las 13:00 del 9 de enero de 2019 y en la iglesia se celebra la tradicional misa de recuerdo a las víctimas, que este año alcanza su 60 aniversario. Este es el momento de mayor recogimiento del año en el pueblo, y también el día en que sus gentes, en especial los supervivientes de la tragedia, se animan a hablar de un asunto que les lleva torturando toda la vida.
Seis décadas han pasado, pero en los bancos de la iglesia las personas sollozan. José Antonio Fernández perdió a nueve familiares. Abuelos, tíos y primos desaparecieron con las aguas. Sus padres y él, entonces solo un niño de cinco años de edad, se salvaron por algo tan trivial como la ubicación de su hogar. "La catástrofe hundió a mis padres, lo hemos pasado muy mal. Es algo que todos los supervivientes llevaremos con nosotros mientra vivamos", dice emocionado.
La rotura de la presa de Vega de Tera es el episodio más negro de la España de los pantanos de Franco. Solo dos años antes, el dictador había bendecido el embalse y la central hidroeléctrica que gestionaba la empresa Moncabril. El NODO dedicó uno de sus noticieros a elogiar las enormes turbinas y el gran beneficio que ese pantano iba a suponer para la producción eléctrica nacional, muy mermada todavía en aquellos años de miseria previos al desarrollismo
"Tenían prisa por empezar a producir kilovatios. Todos sabían que la presa no estaba terminada, que tenía fisuras, pero aun así la colmaron de agua. Aquello fue un disparate", dice Avelino Puente, que contaba entonces 14 años y perdió a su hermana en el suceso. "El encargado de la obra, un tal Sousa, era un borracho. Le daba todo igual. '¡Que nadie pare!', decía cuando le avisaban de que la presa perdía. Hicieron los contrafuertes con cemento y mampostería barata, aún se pueden ver los materiales si uno se acerca al punto donde reventó. Esto es un crimen por el que nadie ha pagado las consecuencias", suspira.
La Audiencia de Zamora juzgó a los directivos de la hidroeléctrica Moncabril y les condenó a un año de cárcel menor por imprudencia temeraria, por lo que ninguno entró en prisión. Los ingenieros fueron indultados. El régimen quiso sepultar el episodio en el baúl del olvido, no sin antes exprimir hasta la última gota de propaganda positiva posible. Y aunque parezca mentira, la hubo.
Durante los días y semanas siguientes a la catástrofe, que finalmente fue atribuida a las copiosas lluvias de aquella primera semana de 1959, el NODO celebró el "afecto sincero y gran amistad que une en estos momentos presentes a España y Norteamérica" al calor de los camiones de ayuda humanitaria y ambulancias que la embajada de Estados Unidos envió en los días posteriores a la tragedia a Ribadelago. Leche en polvo, mantas, comida deshidratada, personal sanitario, tiendas de campaña… Estados Unidos se tomó aquel episodio como lo que en realidad era: una catástrofe humanitaria en un país subdesarrollado.

Condenados a la miseria

Franco nunca pisó Ribadelago para ofrecer sus condolencias. Tampoco lo hizo Juan Carlos I en sus años como jefe de Estado, ni lo ha hecho todavía Felipe VI. Eso sí, el dictador quiso ofrecer su magnanimidad bautizando al nuevo poblado, construido 500 metros más arriba en un emplazamiento más seguro, con el nombre de Ribadelago de Franco. Así se llamó hasta septiembre de 2018, cuando por cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica fue denominado Ribadelago Nuevo. "Lo del lugar seguro fue una mentira más.Hicieron el pueblo en el lugar más barato posible y con los materiales de peor calidad que pudieron. Nos habían prometido que iban a donarnos las casas, pero al final tuvimos que pagarlas. Muchas familias ni las querían. Al poco tiempo regresaron a sus terrenos en Ribadelago antiguo, que es donde querían estar", explica César, otro de los pocos supervivientes.
La leche en polvo americana siguió llegando por años al pueblo arrasado. Porque si la recóndita comarca de Sanabria ya era pobre en plena posguerra antes de la rotura de la presa, después era llanamente un pozo de miseria. Solo aquellos que tenían algo de ganado y lo habían podido salvar de las aguas pudieron tirar adelante. La agricultura fue imposible durante varios años debido a las toneladas de lodo acumulado.
Quienes mejor sobrevivían eran la veintena de familias que dependían de la hidroeléctrica Moncabril, que siguió funcionando en lo alto del cerro. Manoli Alonso nació en diciembre de 1959, hija de un operario de la hidroeléctrica y fruto del singular 'baby boom' que vivió Ribadelago en 1959 y 1960, con más de 30 nacimientos. "Teníamos la suerte de tener un sueldo fijo, el de mi padre, pero aun así yo recuerdo criarme con leche en polvo que nos donaban. Fueron años de mucha miseria, pero también de ayudarnos todos en lo que podíamos. El pueblo se unió tras la catástrofe, al menos en los primeros años".
Pero tras esos años llegaron el mal ambiente, las miradas, las envidias a quienes lograban sacar la cabeza del pozo. "Aquí se repartió mucho dinero en donaciones y ese dinero no llegó a Ribadelago. O se quedó en unas pocas manos. Podríamos hablar mucho de eso, pero es mejor no remover, es mejor…", se corta Avelino, que quiere desahogarse pero echa el freno. "A río revuelto, ganancia de pescadores. Se cometieron muchos abusos, para empezar, intentaron regatear las indemnizaciones con las familias más pobres", suelta Ventura Puente, uno de los pocos que nunca emigraron. Unas familias fueron agraciadas con casas grandes y de buenos materiales, otras con casas peores. Unos prosperaron con los años por medios que nadie conocía, otros nunca llegaron a recibir indemnizaciones por sus muertos. Un pago que se hizo como si fuera ganado: 90.000 pesetas por hombre fallecido, 60.000 por mujer y 25.000 por cada niño.
Las rencillas conviertieron Ribadelago en un lugar doblemente maldito, solo aliviado por la diáspora de familias que ante un porvenir lleno de miseria y miradas torvas decidieron emigrar, principalmente al País Vasco y Madrid. Antes de la rotura de la presa, Ribadelago era un pueblo de 532 habitantes y cierta esperanza en el futuro. Tras la rotura, se convirtió en un cementerio de almas en pena. Con el paso de las décadas, el despegue del turismo en la comarca de Sanabria, convertida hoy en parque natural, ha dado algo de oxígeno a estas escarpadas gargantas, origen de multitud de leyendas y supersticiones. Hoy, los turistas se detienen curiosos ante la estatua de bronce de una madre con su pequeño que honra a los bravos supervivientes sobre una placa con los 144 nombres de los fallecidos, pero nada más.
En 2009, en la conmemoración del 50 aniversario de la tragedia, Ribadelago pareció Hollywood. Políticos engalanados y promesas lanzadas al viento que hoy se saben incumplidas. José Manuel Prieto, alcalde de Galende, la cabecera municipal, así lo recordó ayer frente a los 60 supervivientes y descendientes congregados para la efeméride: "Primero iban a hacer aquella obra faraónica de medio millón de euros que nos ilusionó a todos para acoger el Museo de la Memoria. Después se acordó de 160.000 euros. Y muy buenas palabras, pero nos han dado con todas las puertas en las narices. Quiero dejar claro el desencanto de este pueblo. La sociedad y las instituciones tienen una deuda con Ribadelago y seguiremos luchando para hacer justicia".
Es posible que las ayudas al desarrollo de Ribadelago lleguen, si es que llegan, demasiado tarde. En Ribadelago Nuevo hay 85 habitantes censados y tres menores de edad. En el Ribadelago antiguo, 30 censados y un único niño. El 90% de sus gentes son jubilados. En las callejuelas del pueblo antiguo, junto a la roca del campanario que salvó varias docenas de vidas, una de las pocas vecinas mueve la cabeza. "Aquí ya solo acudimos a funerales, ni me acuerdo del último bautizo. En 10 años, se nos muere el pueblo".

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