En una pequeña
ciudad, corría la leyenda de "La Hora del Velo". Era sabido que,
cerca de las dos de la mañana, muchos se despertaban sin razón aparente.
Algunos decían que era un simple desajuste del sueño, otros que era el estrés
cotidiano, pero había quienes conocían la verdad.
El origen de este
fenómeno se remontaba a siglos atrás, cuando la tierra misma era joven y los
límites entre nuestro mundo y el otro eran más delgados. A esa hora, el velo
que separaba el reino de los vivos y el de los muertos se hacía tenue, casi
inexistente. Durante esos pocos minutos, las almas de aquellos que no habían
encontrado paz caminaban entre los vivos, buscando un lugar en el que
finalmente descansar.
Era entonces
cuando el aire se volvía más denso, y las sombras parecían moverse con una vida
propia. Los que despertaban a esa hora no lo hacían por azar. Sus almas,
sensibles a esa ruptura en el velo, sentían la presencia de los que no deberían
estar allí. Pero lo peor no era simplemente despertar. Se decía que si alguna
vez, al abrir los ojos en esa franja de tiempo, mirabas lo suficiente a la
oscuridad, podrías ver una figura de pie en las sombras de tu habitación,
inmóvil, observándote.
La única manera de
evitarlo era no darle atención. No mirar. Porque, si hacías contacto visual con
esa entidad... podría acercarse. Y una vez que te encontraba, empezaba a
visitarte cada noche, acercándose cada vez más, hasta que un día, justo a las
dos de la mañana, te llevaría con ella al otro lado del velo.
Por eso muchos
preferían no hablar de sus despertares. No fuera que, al hacerlo, llamaran la
atención de lo que acecha en las sombras.
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